"Fiesta al Noroeste"
es una novela de Ana María Matute que narra la vida en un pueblo rural de
España durante los años de la dictadura franquista. La historia se centra en
Juan Medinao, un cacique avaro y deforme, y su reencuentro con Dingo, un
titiritero que regresa al pueblo tras atropellar accidentalmente a un niño. A
medida que avanza la trama, se revelan los recuerdos compartidos entre los
personajes y se exploran temas como la pobreza, la opresión y la lucha por la
justicia. La obra destaca por su realismo social y su estilo expresionista,
capturando la esencia de la vida rural española en un contexto de desolación y
desigualdad.
Se llamaba Juan Medinao, como se llamaron su padre y el padre de su padre. La usura ejercida en tiempos por el abuelo le había convertido en el dueño casi absoluto de la Baja Artámila. Desde que tuvo uso de razón, se notó dueño y amo de algo que no había ganado. La casa y las tierras le venían grandes, pero especialmente la casa. La llamaban La Casa de los Juanes, y era fea, con tres grandes cuerpos de tierra casi granate y un patio central cubierto de losas. Al anochecer, las ventanas eran rojas; al alba, azul marino. Estaba emplazada lejos, como dando una zancada hacia atrás de la aldea, frente por frente al Campo del Noroeste. Desde la ventana de su habitación, Juan Medinao podía contemplar todos los entierros.
Aquel Domingo de Carnaval, cerca ya la noche, Juan Medinao rezaba. Desde niño sabía que eran días de expiación y santo desagravio. Tal vez su plegaria era un recuento, suma y balance de las cotidianas humillaciones a que exponía su corazón. Estaba casi a oscuras, con el fuego muriéndosele en el hogar y las dos manos enredadas como raíces.
Había entrado la noche en su casa, y la lluvia no cesaba contra el balcón. Cuando llovía así, Juan Medinao sentía el azote del agua en todas las ventanas, casi de un modo material, como un redoble desesperado.
Oyó que le llamaban. La voz humana que taladró el tabique le derrumbó desde sus alturas. Volvían a llamarle. Todos en la casa, hasta el último mozo, sabían que Juan Medinao rezaba a aquellas horas y que no debía interrumpírsele. Insistieron. Entonces, el corazón se le hinchó de ira. Gritó y arrojó un zapato contra la puerta.
-Abra la puerta, Juan Medinao -le dijeron-, es el alguacil el que le llama. Viene con un guardia del destacamento...
Vio el zapato en el suelo, con la boca abierta y deformada. Se sintió terriblemente ajeno a las paredes, al suelo y al techo. Era como si toda la habitación le escupiera hacia Dios. Se levantó y descorrió el cerrojo. Estaba allí una criada, con las manos escondidas debajo del delantal.
-Ya voy -dijo. Inmediatamente se arrepintió de su voz. Trató de corregirla dando una explicación dulce-: Me has interrumpido, estaba rodeado de ángeles...
La chica torció el cuello, y tapándose la boca bajó corriendo delante de él. A las muchachas demasiado jóvenes, Juan Medinao les daba miedo o risa.
Bajó la escalera despacio. También la sala estaba a oscuras.
-¿Qué pasa? -dijo. Los hombres eran unas manchas negruzcas y sus rostros, más claros, parecían flotar en el aire. El guardia le explicó que habían detenido a un saltimbanqui por haber partido en dos al hijo de Pedro Cruz. Fue un accidente, y su propio carro había quedado destrozado en medio de la plaza. Aquel payaso pedía ayuda a Juan Medinao.
[...]
A la luz del candil, vio al hombre. Era mayor que él, envejecido, y tenía los ojos separados, con una súplica profesional, madura. El corazón de Juan Medinao se quedó quieto, como si hubiera muerto.
-Hola, Juan Medinao -dijo el payaso-. Yo soy Dingo, el que te robó las monedas de plata...
Ana María Matute, Fiesta al noroeste, Ed. Cátedra, 1979, cap. II, págs. 86-89.
