Mostrando entradas con la etiqueta LECTURAS RECOMENDADAS PARA 3º Y 4º ESO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LECTURAS RECOMENDADAS PARA 3º Y 4º ESO. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de febrero de 2026

Redes: La Reflexión Emocional de Eloy Moreno

Descubre la continuación de Invisible de Eloy Moreno. Emotiva, conmovedora, diferente… Redes narra, a través de los ojos de una adolescente, una historia que se ha convertido en la realidad de todos nosotros.


«Redes» de Eloy Moreno es una emotiva novela que explora la realidad de las adolescentes frente a la presión de las redes sociales. A través de la historia, se invita a reflexionar sobre el impacto de la tecnología en la felicidad y las relaciones humanas, destacando la importancia de la autenticidad y la empatía.

¿Cuántos likes vale tu felicidad?


En definitiva, es mucho más que una novela. Es una llamada a la reflexión sobre el papel que juega la tecnología en nuestras vidas y una invitación a reconectar con lo verdaderamente importante: las relaciones humanas, la empatía y la autenticidad. Eloy Moreno ha vuelto a hacerlo, creando una obra que nos obliga a mirar hacia dentro y a cuestionar nuestras propias acciones. Si buscas una lectura que te haga pensar y sentir, no puedes perderte esta joya de la literatura contemporánea.

Fuente: librocircular.com


Y, si aún no has leído Invisible ¿A qué estás esperando?






miércoles, 21 de enero de 2026

Páginas escogidas: fragmento de Olvidado Rey Gudú

 

«Olvidado Rey Gudú» es una obra monumental de la literatura española escrita por la aclamada autora Ana María Matute. Publicada en 1996, esta novela nos sumerge en un mundo mágico y medieval lleno de personajes inolvidables y situaciones épicas.

La historia se desarrolla en el reino de Olar, gobernado por el Rey Gudú, un monarca sabio pero atormentado por sus propios demonios internos. La trama gira en torno a la búsqueda de identidad y redención de diversos personajes, incluyendo a la joven princesa Mediavilla y al valiente guerrero Tristán.

A lo largo de la narrativa, Matute teje una red compleja de intrigas políticas, amores prohibidos y batallas épicas que desafían las convenciones del género fantástico. La autora crea un universo rico y detallado donde la magia y lo sobrenatural se entrelazan con las luchas cotidianas por el poder y la supervivencia.



Ondina del Fondo del Lago habitaba desde hacía cuatrocientos treinta años en el más bello lugar del Lago de las Desapariciones. Ondina era de una belleza extraordinaria: suavísimos cabellos color alga que le llegaban hasta la cintura, ojos largos y cambiantes como la luz, que iban del más suave oro al verde oscuro, y piel blanco-azulada. Sus brazos ondeaban lentamente entre las profundas raíces de las plantas, y sus piernas se movían como las aletas de una carpa. Una sonrisa fija y brillante, que iba del nacarado de la concha al rosa líquido del amanecer, flotaba entre sus labios. Cualquier humano hubiera sentido una gran fascinación al contemplarla en todos sus pormenores, excepción hecha de las orejas, que, como todas las de su especie eran largas y puntiagudas en extremo, aunque de un tierno color, entre sonrosado y oro.

 A pesar de ser nieta de la Gran Dama del Lago, no poseía ni un ápice de su sabiduría, ni siquiera un granito de mínima inteligencia -como ocurre con frecuencia entre las ondinas-. Por el contrario, era de una tal dulzura y suavidad, y emanaba tal candor, que su profunda estupidez podía muy bien confundirse con el encanto y hechizo más conmovedores. Como toda ondina, era caprichosa en extremo, y su gran capricho era su Colección del Fondo, donde había cultivado con primor su jardín de los verdes intrincados. La colección de Ondina consistía en una ya nutrida exposición de muchachos jóvenes y bellos, comprendidos entre los catorce y los veinticinco años. Le gustaban tanto, que a menudo arrastrábalos al fondo y allí les conservaba sonrosados e incólumes, gracia al zumo de la planta maraubina que crece cada tres mil años entre las raíces del agua. Pero se cansaba pronto de ellos, pues por más que los adornara con flores lacustres, y coronara sus cabezas con toda clase de resplandecientes piedrecitas, y acariciara sus cabellos, y besara sus fríos labios, ellos nada le decían ni hacían; de suerte que necesitaba siempre más y más muchachos para distraerse con variedad.

 A veces, aproximándose cautelosamente a las orillas del lago, había visto cómo jóvenes parejas de campesinos se acariciaban y besaban mutuamente y esto la llenaba de envidia. Así se lo había confesado en más de una ocasión a los trasgos, que, compadecidos, a veces, empujaban muchachos al fondo. Entre estos se contaba el trasgo del Sur, al que había confiado su caprichosa obsesión. "Eso es una tontería - le decían los trasgos-. Decídete a tomar por esposo a cualquier delfín de los que pululan por las costas del sur y déjate de esos caprichos. Teniendo en cuenta tu juventud, puede perdonársete, pero anda con cuidado no se entere su abuela: ella no tolera contaminaciones humanas, y sólo con ahogados puedes juguetear sin peligro." "Así lo haré -decía ella entonces, compungida-. Prometo no olvidarlo." Pero como era estúpida hasta los más remotos orígenes de su sustancia, no sólo lo olvidaba, sino que persistía en el peregrino deseo de recibir caricias y besos de hombre vivo. "Pero ¿para qué? - le preguntaba el Trasgo del Sur, que desde sus libaciones y dada su instalación en el Castillo, cuya zona Norte lamía las aguas del creciente Lago, mantenía grandes charlas con ella-. No veo la razón, pero así es."

 Y en éstas estaba cuando el Trasgo se acordó oportunamente de ella, de su cándida naturaleza y de su insensato capricho. Así eran las ondinas, se decía. Otra había conocido, en el Sur, encaprichada con los asnos, y otra también, más al Este, que tenía predilección por los soldados de barba roja. Todo podía esperarse de una ondina, menos cordura.

 Esperó noche propicia -esto es, en creciente-, y horadando los entresijos de la tierra, abrió un pasadizo hasta el Manantial del Lago.

 -Hacía tiempo que no venías, trasgo del sur- dijo Ondina, que le prefería, sin saberlo, por el tufillo humano que iba lentamente apoderándose de él. Me gustará enseñarte el último que ha entrado. Me lo enseño el trasgo de la Región Alamanita, y es muy hermoso. Aún no me he cansado de adornarle: mira, le puse caracolas en las orejas, ramitos de maraubina por todas partes, y aquí, está la perla que me regaló una ostra del Mar Drango. ¿Qué más puedo hacer ahora, para no aburrirme?

 El trasgo contempló pensativamente a un jovencito de cabello oscuro y tez dorada aunque con expresión de espanto, pues no había tenido tiempo de cerrar los ojos. Le pareció el colmo de la fealdad y ridiculez, pero se calló sus opiniones, para bien conquistar a Ondina.

 Miró con recelo de un lado a otro, y al fin musitó:

 -¿No esperas la visita de la Gran Dama, verdad?

 -Oh no-dijo ella-. Está demasiado ocupada preparando el próximo deshielo. No ha visto los tres últimos, y aunque no le gustan demasiado, dice que si me contento con ahogados, nada tiene que reprocharme.

 -Pues bien, he pensado mucho en ti, hermosura -dijo el Trasgo-. Y se me hace que alguna solución hallaremos, sin que incurras en enfados de tu maravillosa Abuela que tanto Respeto me Inspira -pues para hablar de ella sólo podía utilizar palabras con mayúscula.

 -¿De veras? -exclamó Ondina, con sumo interés-. Dime, Trasgo del Sur.

 -La cosa es que te ofrezco una oportunidad: hemos encontrado un bebedizo que te permitirá tomar forma humana, por breve tiempo -a lo sumo diez días-, sin peligro de contaminación. Claro está que si prolongas esta forma humana solo un minuto más, tu contaminación se produciría, y de forma tan peligrosa que la cosa remedio no tendrá. Pero como eres caprichosilla, tengo para mí que más de dos días no te van a divertir los muchachos humanos, con los que podrás retozar a gusto durante ese tiempo. Y así, el peligro se alejará, con gran ventaja para ti: podrás beber el elixir cuantas veces quieras, y tomar, por diez días, la figura de mujer que te sea más útil (siempre que sea diferente entre sí)... Tengo para mí, que vas a disfrutar de lo lindo, y no te vas a aburrir lo que se dice nada, en varios siglos vista.

 La Ondina dio dos volteretas en el agua. Era su máxima expresión de contento, ya que su boca sólo tenía un grado de sonrisa.

 -¡Rápido!- gritó. Y la superficie del Lago se estremeció súbitamente, como bajo un vendaval-. ¡Rápido, dame ese bebedizo!

 -Un momento, hermosura-dijo el Trasgo-. Siento decírtelo, pero todo tiene sus condiciones.

 -Dime tus condiciones.

 -Verás: en el transcurso de estas delicias, podrás disfrutar de las caricias, besos y cuanto te plazca de cuantos mozos tengas a bien. Pero... -y aquí, recalcó mucho sus palabras- siempre y cuando persistas, una vez tras otra, en atraer a cierto hombre, que si bien en su día será joven y tal vez hasta bello, con el tiempo se irá haciendo viejo y hasta feo o repulsivo. Sólo así, bajo ese solemne juramento, te daré el bebedizo.

 -Bueno -dijo ella-, poco importa. Bien sabré consolarme con los otros, mientras la raza humana exista y produzca tales deliciosas criaturas- y señaló el Jardín de Mancebos Ahogados.

 -Bien. Voy a comunicar tu asentimiento a quien es pertinente- dijo el Trasgo. Y dejándola muy ilusionada, regresó por donde había venido.

 La reina Ardid quedó muy complacida al saber esto. Sin embargo, dijo:

 -Querido mío, ¿estás seguro de que Ondina no se cansará de esperar el bebedizo prometido? Ten en cuenta que hasta que Gudú esté en edad de poder apreciar sus encantos, han de pasar bastantes años.

 -Ay, querida niña- dijo el Trasgo-, ¿qué son unos cuantos años más o menos para quien vive inmerso en los siglos de los siglos? Nada, querida niña, nada,

 -Y bebió con fruición, no exenta de temblores, un buen trago de cierto vinillo sonrosado que guardaba para las grandes ocasiones. Pues el temor que le inspiraba la Vieja Dama sólo era comparable al cariño que sentía por la Reina Ardid.

 

   Ana María Matute, Olvidado Rey Gudú, 1996. Parte II, capítulo 2, págs. 253-257.



Páginas escogidas: Ana Mará Matute, fragmento destacado de Fiesta al Noroeste


"Fiesta al Noroeste" es una novela de Ana María Matute que narra la vida en un pueblo rural de España durante los años de la dictadura franquista. La historia se centra en Juan Medinao, un cacique avaro y deforme, y su reencuentro con Dingo, un titiritero que regresa al pueblo tras atropellar accidentalmente a un niño. A medida que avanza la trama, se revelan los recuerdos compartidos entre los personajes y se exploran temas como la pobreza, la opresión y la lucha por la justicia. La obra destaca por su realismo social y su estilo expresionista, capturando la esencia de la vida rural española en un contexto de desolación y desigualdad.




 Se llamaba Juan Medinao, como se llamaron su padre y el padre de su padre. La usura ejercida en tiempos por el abuelo le había convertido en el dueño casi absoluto de la Baja Artámila. Desde que tuvo uso de razón, se notó dueño y amo de algo que no había ganado. La casa y las tierras le venían grandes, pero especialmente la casa. La llamaban La Casa de los Juanes, y era fea, con tres grandes cuerpos de tierra casi granate y un patio central cubierto de losas. Al anochecer, las ventanas eran rojas; al alba, azul marino. Estaba emplazada lejos, como dando una zancada hacia atrás de la aldea, frente por frente al Campo del Noroeste. Desde la ventana de su habitación, Juan Medinao podía contemplar todos los entierros.

 Aquel Domingo de Carnaval, cerca ya la noche, Juan Medinao rezaba. Desde niño sabía que eran días de expiación y santo desagravio. Tal vez su plegaria era un recuento, suma y balance de las cotidianas humillaciones a que exponía su corazón. Estaba casi a oscuras, con el fuego muriéndosele en el hogar y las dos manos enredadas como raíces.

 Había entrado la noche en su casa, y la lluvia no cesaba contra el balcón. Cuando llovía así, Juan Medinao sentía el azote del agua en todas las ventanas, casi de un modo material, como un redoble desesperado.

 Oyó que le llamaban. La voz humana que taladró el tabique le derrumbó desde sus alturas. Volvían a llamarle. Todos en la casa, hasta el último mozo, sabían que Juan Medinao rezaba a aquellas horas y que no debía interrumpírsele. Insistieron. Entonces, el corazón se le hinchó de ira. Gritó y arrojó un zapato contra la puerta.

 -Abra la puerta, Juan Medinao -le dijeron-, es el alguacil el que le llama. Viene con un guardia del destacamento...

 Vio el zapato en el suelo, con la boca abierta y deformada. Se sintió terriblemente ajeno a las paredes, al suelo y al techo. Era como si toda la habitación le escupiera hacia Dios. Se levantó y descorrió el cerrojo. Estaba allí una criada, con las manos escondidas debajo del delantal.

 -Ya voy -dijo. Inmediatamente se arrepintió de su voz. Trató de corregirla dando una explicación dulce-: Me has interrumpido, estaba rodeado de ángeles...

 La chica torció el cuello, y tapándose la boca bajó corriendo delante de él. A las muchachas demasiado jóvenes, Juan Medinao les daba miedo o risa.

 Bajó la escalera despacio. También la sala estaba a oscuras.

 -¿Qué pasa? -dijo. Los hombres eran unas manchas negruzcas y sus rostros, más claros, parecían flotar en el aire. El guardia le explicó que habían detenido a un saltimbanqui por haber partido en dos al hijo de Pedro Cruz. Fue un accidente, y su propio carro había quedado destrozado en medio de la plaza. Aquel payaso pedía ayuda a Juan Medinao.

[...]

 A la luz del candil, vio al hombre. Era mayor que él, envejecido, y tenía los ojos separados, con una súplica profesional, madura. El corazón de Juan Medinao se quedó quieto, como si hubiera muerto.

 -Hola, Juan Medinao -dijo el payaso-. Yo soy Dingo, el que te robó las monedas de plata...


      Ana María Matute, Fiesta al noroeste, Ed. Cátedra, 1979, cap. II, págs. 86-89.



Tres cuentos cortos de Ana María Matute

 






















Pincha en el siguiente enlace y disfruta de tres joyas breves de nuestra mejor cuentista

Tres cuentos cortos de Ana María Matute

martes, 25 de noviembre de 2025

Inmortalidad de la nada. Ángel González.


   





Mientras tú existas. Ángel González

 


Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz—cualquiera...
Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.

Ángel González


lunes, 24 de noviembre de 2025

Centenario del Nacimiento de Ángel González




 ÁNGEL GONZÁLEZ Poeta de lo cotidiano, voz de la calle 

 ¿Quién fue? 
 Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008) fue un poeta que convirtió la vida diaria en poesía con mirada crítica. Parte de la Generación del 50, vivió la posguerra con ironía y sensibilidad, y supo hablar de amor, política y rutinas con el ritmo de la calle. Premio Príncipe de Asturias 1985 

 ¿Por qué leerlo? Porque sus versos no se esconden en metáforas oscuras: te hablan directo, con humor, con rabia a veces, con ternura otras. Leerlo es como escuchar a alguien que sabe lo que pasa y lo dice sin rodeos. 

 Obras clave: 
 •Áspero mundo (1956): su debut, duro y honesto. 
 •Grado elemental (1962): poesía con mirada crítica y urbana. 
 •Tratado de urbanismo (1967): ironía y ciudad. 
 •Prosemas o menos(1985): juego, reflexión y estilo. 
 •Los encontrarás en casi todas sus antologías 

 Ideal para... Quienes buscan poesía con mensaje, sin florituras, con alma de ciudad y corazón resistente.



Poemas esenciales

Realmente, no hay un solo poema de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid 2008) que no sea esencial, cada uno de ellos es una llamada a seguir leyendo, a continuar enamorados por una poesía que nos lleva a los años de la guerra (Ciudad cero), que nos enfrenta a la denuncia social y nos acerca a un triste pesimismo (Otro tiempo vendrá), pero que también transmite la emoción de los sentidos (Alga quisiera ser, alga enredada), la naturaleza vivida (El bosque, Son las gaviotas, amor) que nos hace partícipes de su unión con la  humanidad (Para que yo me llame Ángel González), de su visión del amor (Mientras tu existas, Todo amor es efímero), de su ironía (Quédate quieto) o de su admiración por poetas como Machado o Juan Ramón Jiménez (J.R.J.).


Alga quisiera ser, alga enredada...

Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.

Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.

Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…

Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.

 

Bosque

Cruzas por el crepúsculo.
El aire
tienes que separarlo casi con las manos
de tan denso, de tan impenetrable.
Andas. No dejan huellas
tus pies. Cientos de árboles
contienen el aliento sobre tu
cabeza. Un pájaro no sabe
que estás allí, y lanza su silbido
largo al otro lado del paisaje.
El mundo cambia de color: es como el eco
del mundo. Eco distante
que tú estremeces, traspasando
las últimas fronteras de la tarde.

 

Mientras tú existas...

Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.

 

Ciudad cero

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años –que eran
la quinta parte de toda mi vida–,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
–papeles y retratos
en medio de la calle...
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.



Todo amor es efímero

Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
mi vida entera.

 

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

 

Quédate quieto

Deja para mañana
lo que podrías haber hecho hoy
(y comenzaste ayer sin saber cómo).

Y que mañana sea mañana siempre;

que la pereza deje inacabado
lo destinado a ser perecedero;
que no intervenga el tiempo,
que no tenga materia en que ensañarse.

Evita que mañana te deshaga
todo lo que tú mismo
pudiste no haber hecho ayer.

 

J.R.J.

Debajo del poema
–laborioso mecánico–,
apretaba las tuercas a un epíteto.
Luego engrasó un adverbio,
dejó la rima a punto,
afinó el ritmo
y pintó de amarillo el artefacto.
Al fin lo puso en marcha, y funcionaba.

-No lo toques ya más,
se dijo.
Pero
no pudo remediarlo:

volvió a empezar,
rompió los octosílabos,
los juntó todos,
cambio por sinestesias las metáforas,
aceleró...
mas nada sucedía.
Soltó un tropo,
dejó todas las piezas
en una lata malva
y se marchó,
cansado de su nombre.

 

Otro tiempo vendrá

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».

Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

 

Son las gaviotas, amor

Son las gaviotas, amor.
Las lentas, altas gaviotas.

Mar de invierno. El agua gris
mancha de frío las rocas.
Tus piernas, tus dulces piernas,
enternecen a las olas.
Un cielo sucio se vuelca
sobre el mar. El viento borra
el perfil de las colinas
de arena. Las tediosas
charcas de sal y de frío
copian tu luz y tu sombra.
Algo gritan, en lo alto,
que tú no escuchas, absorta.

Son las gaviotas, amor.
Las lentas, altas gaviotas.


                                                                                                Fuente: estandarte.com



¿Quieres conocer más sobre este poeta? Acércate a nuestra biblioteca.